lunes, 14 de diciembre de 2020

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

 


TERCER DOMINGO DE ADVIENTO (B) 13-12-2020

Un testigo triste es un triste testigo 

Hecho de vida. Se cuenta que en cierta ocasión se encontraron un recién convertido y un amigo no creyente. El no creyente le dijo: << ¿De modo que te has convertido a Cristo?>>. <<Estás en lo cierto>>, respondió el creyente. Entonces: << ¿Sabrás mucho de la vida de Jesús?>> y, a continuación, le fue haciendo numerosas preguntas. Viendo que el convertido no supo contestar a todas le dijo: <<La verdad es que sabes muy poco de Jesucristo y de la Biblia>>.  «Tienes toda la razón» le dijo el convertido. Ahora bien, lo que sí sé que antes era así… y ahora  soy de esta otra manera… Todo esto es lo que Cristo ha hecho por mí y esto es lo que sé de Cristo.


Este pequeño relato lo cuenta Anthony Mello en su famoso libro -El canto del pájaro-. En esta reflexión lo he querido brindar a vuestra consideración porque, en mi opinión, refleja muy bien que algo que solía repetir mucho San Ignacio: el testigo de Cristo no se acredita por las ideas sino por los hechos.

 

I.- En la primera lectura, el profeta Isaías nos ha dirá que «El Espíritu del Señor le ungió para anunciar  la Buena noticia a los que sufren, los que tienen los corazones desgarrados y para proclamar la amnistía a los cautivos,…» y, en el evangelio de este domingo, se nos presentará a Juan Bautista como «Testigo de la luz para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz sino testigo de la luz». ¡Ojalá! que la proclamación de estos dos textos sagrados despierte en nosotros el deseo de ser testigos de la LUZ que vamos a recibir esta Navidad. Para eso fuimos ungidos por el Espíritu Santo el día de nuestro bautismo. 


II.- Todo buen deseo debe ser realista. Por eso, no estará de más que nos preguntemos. ¿Nos preocupa que Cristo no sea conocido? ¿Sabemos ser testigos de Jesús en nuestro ambiente? ¿Nos preocupamos de ser Buena Noticia para los pobres y los alejados?...


Es muy probable que nuestra repuesta a estas preguntas no sean muy satisfactorias, entre otras razones, porque no corren buenos tiempos para ser testigos incluso de acontecimientos sencillos que pasan a nuestro alrededor (un accidente de tráfico, algún conflicto que ha sucedido en la vecindad, en el trabajo, acudir a una manifestación o concentración favor de algún colectivo que está padeciendo una clara injusticia o discriminación). Si esto nos resulta arduo mucho más peliagudo nos resulta, en nuestra sociedad como la actual fuertemente secularizada, dar testimonio de nuestra fe y esperanza. 


III.- A fin de vayamos creciendo como testigos de la LUZ – CRISTO, a continuación os ofrezco algunas pistas:


a) Crecer en coherencia. Entre nosotros, se habla mucho de ser coherentes. Sin embargo, esto lo aplicamos poco a nuestra vida cristiana. ¿Por qué? Unas veces porque el fariseo que todos llevamos dentro nos arrastra a cuidar más las apariencias que los hechos, y, otras, porque el miedo al qué dirán nos lleva a tener una fe vergonzante que nos conduce, incluso dentro del marco familiar, a no dar <<razones de nuestra esperanza>> 


b) Crecer en «vida espiritual». Cada día estoy más persuadido que detrás de nuestros silencios, miedos, falta de compromiso hay un gran déficit de espiritualidad. Juan el Bautista fue un gran testigo, una persona que no se mordió la lengua ni ante los soldados romanos, ni ante Herodes. También sabemos cómo acabó su vida por denunciar a Herodes. Todas esas cosas las pudo hacer porque en su vida una etapa de desierto, es decir, una época en que se dedicó intensamente a escuchar y hablar con Dios. De ahí que podamos concluir lo siguiente: sin una vida de oración, relación con Dios, vida sacramental…, nos costará un montón ser testigos de Jesús.   


c) Crecer en alegría. «Estad siempre alegres» nos dirá san Pablo en la segunda lectura. Creo que todos, en más de una ocasión, hemos escuchado esta frase: «Un cristiano triste es un triste cristiano». Parafraseando este dicho me atrevo a decir: «Un testigo triste es un triste testigo». El papa Francisco, en el número diez  de su Exhortación Evangelii gaudium, nos dice: «Ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia a veces con esperanza- pueda recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo». 


IV. Reflexión final. El Dios-Jesús que nos visitará en esta Navidad no viene sólo para mí. Viene también para todos, y, eso requiere que tomemos en serio ser sus testigos coherentes y alegres.


PARA ORAR Y MEDITAR 


Esta vez os recomiendo que antes de orar hagáis una lectura reposada de la segunda lectura de este domingo. <<Hermanos: Estad siempre alegres. Orad en todo momento. Dad gracias por todo, pues es ésta la voluntad de Dios con respecto a vosotros como cristianos. No apaguéis la fuerza del Espíritu; no menospreciéis los dones proféticos. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Apartaos de todo mal. Que el Dios de la paz os ayude a vivir como corresponde a auténticos creyentes; que todo vuestro ser –espíritu, alma y cuerpo- se conserve irreprochable para la venida de Jesucristo. “El que os llama es fiel y cumplirá su palabra”>> (I Tes 5, 16-24)


San Pablo en la segunda lectura nos ha  exhortado al gozo: “Estad siempre alegres”. 


Haz de mi, Señor un cristiano alegre: alegre como Juan al ver la luz que ya llega 

y saberse lleno del Espíritu de santidad; alegre como María al reconocer 

y cantar lo que Dios ha hecho por mí y en mí.  


También nos ha exhortado a la acción de gracias: “En toda ocasión dad gracias”.


Haz que no me limite a pronunciar palabras de gratitud, 

quizás gastadas o convencionales sino a dar gracias al Padre 

testimoniando su amor en servicios concretos al prójimo


Roman Bilbao Arrospide


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